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Lorenzo Peirano

 

LORENZO PEIRANO O LA VOLUNTAD DE DECIR.
 
Por Julián Gutiérrez
 

Lorenzo Peirano es uno de los poetas importantes de la literatura chilena actual. A pesar de su asumida marginalidad, la calidad literaria de su obra lo convierten en nombre clave de la denominada promoción Post-87: segmento generacional que, según Gonzalo Millán, estaría conformado por autores que nacen en la década del sesenta, tienen su formación durante la dictadura militar y comienzan a publicar a fines de la década del 80.

Peirano nace el año 1962 en Santiago de Chile. Sus inicios literarios se remontan al 1982, cuando participa en un taller de la Sociedad de Escritores de Chile, dirigido por Enrique Valdés –destacado poeta, narrador y académico chileno-, contexto en el que conoce al poeta Mauricio Ramírez. Luego, entre 1984 y 1985, edita la hoja de poesía El Bastardo, medio en donde publica traducciones de Jorge Teillier y poemas de Rolando Cárdenas y Aristóteles España, escritores con los cuales desarrolla un importante vínculo de amistad. Señal de este vínculo son los primeros versos de un poema escrito por Teillier en 1990: “El poeta Lorenzo Peirano llega desde Coinco / a la calle Esperanza, luego, respirando / callejones, pasa por Libertad y me envía a La / Ligua un telegrama: “murió Cárdenas”.

Su irrupción literaria ocurre 1990, con la publicación de su primer poemario titulado Respirando Callejones (Ediciones Literatura Alternativa). Sobre esta obra, Ramón Díaz Eterovic, además de celebrar el oficio, las lecturas y la visión de mundo del autor, escribe: “La miseria, el descontento y la muerte son temas recurrentes en la poesía de Lorenzo Peirano. Desde una búsqueda interior su voz se transforma en una recreación del medio que lo rodea, y se hace protesta, reencuentro con el pasado, explicación para una existencia que nos tiene atónitos y desamparados”. Por su parte, Manuel Francisco Mesa Seco, destaca la fuerza y profundidad de la obra, la que define como desafiante: “un buen testimonio de una poesía anhelante que rompe con lo establecido”. Más tarde, en 1995, Peirano publica El solitario de mis naipes (Mosquito Editores). Sobre este libro, el poeta Alexis Figueroa subraya la actitud de “finitud y trascendencia” presente en los textos. Mientras que Antonio Salgado pone su atención en el lenguaje “concentrado”, “casi sin adjetivación ni referencias analógicas”: poesía que parece nacer “del centro de su existir, marcado por preocupaciones religiosas, la proximidad de la muerte y la tarea de vivir sin restarse a lo que sucede a su alrededor”, añade.

Respecto a su última publicación, Quisiera haber dicho (La Calabaza del Diablo, 2010), poemas escritos entre 1995 y 2009, Luis Martínez afirma: “Los poemas de Peirano desfilan en una atmósfera de pesadumbre y soledad. La muerte es una sombra que irrumpe su presencia inevitable en la memoria, en la pérdida materna, el recuerdo de los amigos idos [gravitante es, en este sentido, el texto “La noche de San Jorge”, conmovedor poema que evoca la presencia de Jorge Teillier], los paisajes ya olvidados, la muerte que no acoge posibilidades de redención y que marca las palabras con una dolorosa resignación”. Y claro, en el transcurso de las 53 páginas que componen este libro, Peirano parece manifestar, desde un principio, una voluntad de decir construida a partir de la escucha auténtica. Aquella que, desde lo cotidiano, capta la ausencia y la desolación humana: “Calor de diciembre / en esta ausencia, /en esta inquietud de huesos / y tristeza.” En sus verso, Peirano nos presenta a un sujeto que transita como interrogando la muerte y el misterio del existir mismo, en una condición de precariedad que le relega al silencio y la incertidumbre: “A veces / desconozco mi ayer, a veces / ignoro quién soy”. Todo, a través de un lenguaje y estética que se apartan de lo pretencioso y de la grandilocuencia. Esto, en el entendido de una escritura que, como él mismo nos ha dicho en una entrevista, busca indagar “en las atmósferas y en los sentimientos que conforman este mundo y aquel mundo”.

En la obra de Lorenzo Peirano, si bien resuenan ecos de otras voces -como las de Teillier, Cárdenas, Vallejo, Machado, Montale y Trakl-, no hay evidencias de “préstamos”, sino la voluntad de una expresión auténtica o de un lenguaje propio. Su decir es lúcido y riguroso, sugiere conciencia y situaciones humanas capaces de revelar el arraigo de un yo a la condición de una existencia que, a pesar de su precariedad, deja entrever comunión y misterio: “Quisiera haber dicho: / Todas las canciones de amor / se detienen en ella. / Pero un viento de otro tiempo / (ni pasado, ni futuro) / decide mis palabras”.